"La muerte" en la poesía de Alejandra Pizarnik
- elmausoleum
- 12 dic 2022
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Introducción
El arte, a lo largo de la historia, no solo ha constituido un oasis donde artistas y espectadores puedan descansar la mirada de la realidad inevitable, sino que ha sido en innumerables ocasiones un mecanismo de reivindicación que los propios artistas han utilizado (y siguen utilizando) para expresar sus pensamientos y sus luchas. Luchas tanto internas como externas, que salen a la luz con frecuencia para pedir ayuda, son un grito de auxilio.
Alejandra Pizarnik escritora (sobre todo poetisa) argentina, utiliza su obra como muestra de su inconformismo tanto con ella misma como con los roles estipulados por la sociedad. Emprende su camino artístico con el objetivo de encontrar a su verdadero yo y a la vez desprenderse de aquello de lo que está condicionada a ser, “quiere desprenderse de sus ataduras en Argentina, lugar que desprecia; no quiere encajar en ningún tipo de grupo social, ni tampoco en ningún canon de mujer”. (Flores Depardieu, 2017). En la búsqueda de su verdadera esencia, Alejandra se desliza por ambientes lúgubres y oscuros que encaminan hacia la melancolía, la tristeza, y, sobre todo, hacia la muerte.
Pizarnik habla de la muerte en muchas de sus obras, nos conduce por pasajes plagados de referencias visuales que transforman los versos en experiencias prácticamente tangibles, pero que se quedan en el otro lado de la realidad, donde el fruto de la imaginación queda doblegado por la frontera, en ocasiones casi invisible, que separa lo ficticio de lo cierto. Esta muerte, aunque muchas veces se refleja de manera clara, otras veces pasa desapercibida escondiéndose tras palabras que en un primer momento no tendrían por qué evocarnos esa sensación, pero que a través de su combinación con otras palabras y el ambiente lúgubre que envuelve la mayoría de sus poemas, nos aromatiza la lectura con un olor a lilas, pero unas lilas sinuosas, que nos dejan un regusto a sangre cada vez que reflexionamos sobre aquello que escribe la poetisa. Como ya se ha comentado, no todo queda oculto tras una simbología trabajada y persistente, también hay cabida para lo macabro y la locura, que nos lleva a plasmar en nuestro interior imágenes escalofriantes que nos sacuden por dentro. Alejandra Pizarnik “coqueteó amargamente con la vida hasta el final de sus días y fue seducida por la muerte” (Instituto Cervantes, 1997-2021); el reflejo de esta tensión aparecía constantemente en su poesía, la separación del arte y la vida queda difusa si recorremos toda su obra, hasta el punto de llegar a plantearnos si de verdad encontramos diferencias, si hay un balance equitativo entre estos dos mundos. La obra de un artista siempre será una prolongación más de su cuerpo, o un órgano nuevo que descansa en su interior, pero ¿qué cantidad de uno mismo es la adecuada para no dejar que la obra invada el yo interno y externo? ¿Pizarnik dio vida al poema o el poema le dio vida a ella?

Simbología
Cada símbolo trae consigo una dualidad, un reflejo de aquello que conocemos pero que a su vez nos conduce hacia otra identidad, normalmente abstracta. Como figura retórica funciona de la misma manera, un elemento que atribuimos al mundo real, o un concepto diferente al que queremos transmitir, funciona como hilo de unión hacia otro concepto generalmente de carácter espiritual. Resulta curioso observar cómo un elemento que puede resultar rígido e inamovible puede evocar un concepto mucho más profundo que nos haga reflexionar sobre las entrañas de un subconsciente colectivo, sobre la oscuridad y la luz de cada palabra, sobre aquello que envuelve al lenguaje que no vemos a simple vista.
En la poesía de Alejandra Pizarnik podemos apreciar una simbología muy marcada, que no solo aparece esporádicamente sin construir una historia a su paso, sino que evoluciona a medida que la autora va creciendo como escritora y como persona. Podemos entender cada símbolo como un personaje más de la historia que trata de representar en su obra.
La muerte, como hemos comentado con anterioridad, aparece explícita e implícitamente, su nombre aparece directamente plasmado en el papel con su personalidad inalterada y contundente, y también a través de otros elementos que la autora relaciona con ella, y que podemos llegar a descifrar y analizar. Encontramos elementos que en todo momento nos conducirán a la muerte, y otros que en un periodo de transformación que coincide con el desarrollo de su obra, irán cambiando dirigiéndose hacia las tinieblas de la muerte.
Pizarnik utiliza muchos elementos repetidas veces a lo largo de su obra para referirse a la muerte, pero me ha llamado la atención especialmente uno de ellos, el término “lila”, el cual aparece tanto con su significado floral como cromático. En su poema “Cuento de invierno”:
Un ahorcado se balancea en el árbol marcado con la cruz lila. (Pizarnik, 1968).
El lila aparece como el color que marca el sitio donde se encuentra el cadáver, específicamente la cruz lila es la señal de la muerte. Así como también llama a la muerte en su texto “Reconocimiento”:
Tú haces el silencio de las lilas que aletean
en mi tragedia del viento del corazón. (Pizarnik, 1965).
Y también en “El sueño de la muerte o el lugar de los cuerpos poéticos”:
Y tantos sueños unidos, tantas posesiones, tantas inmersiones, en mis posesiones de pequeña difunta en un jardín de ruinas y de lilas. Junto al río la muerte me llama. (Pizarnik, 1968).
Esta vez la lila se transforma en flor, pero nos vislumbra de igual manera la muerte incesante, que siempre aparece en lugares distintos, esta vez en un jardín junto al río. El río es el lugar donde flotan los cuerpos sin vida. La imagen del jardín, funciona con la idea del paso del tiempo, lugar de descanso para el que muere, ese sitio que nos espera después de la muerte. Podemos observar de nuevo el río en el poema “Sortilegios”:
Mi sangre, la mía sola, la que yo me procuré y ahora vienen a beber de mí luego de haber matado al rey que flota en el río y mueve los ojos y sonríe pero está muerto y cuando alguien está muerto, muerto está por más que sonría (Pizarnik, 1968).
Y el jardín en “Jardín o tiempo”:
Serás desolada
Y tu voz será fantasma
que se arrastra por lo oscuro,
jardín o tiempo donde su mirada
silencio, silencio. (Pizarnik, 1970).
El jardín es silencioso, para que aquel que yazca en él descanse la mirada. El jardín es oscuro, un lugar tenebroso, pero a la vez placentero, en el que la muerte espera a la vida. La oscuridad abunda en los versos de Alejandra, llega incluso a transformar palabras que no acompañan a la muerte, en sus fieles compañeras, gracias a la palabra “negro”. “Más que un adjetivo, es un elemento negativo que convierte todo aquello que toca en sombra y muerte” (Calle, 2011). Así sucede en poemas como “Contemplación”:
Murieron las formas despavoridas y no hubo más un afuera y
un adentro. Nadie estaba escuchando el lugar porque el lugar no
existía.
Con el propósito de escuchar están escuchando el lugar.
Adentro de tu máscara relampaguea la noche. Te atraviesan con
graznidos. Te martillean con pájaros negros. Colores enemigos se
unen en la tragedia. (Pizarnik, 1971).
Y también lo apreciamos en “El miedo”:
En el eco de mis muertes
aún hay miedo.
¿Sabes tú del miedo?
Sé del miedo cuando digo mi nombre.
Es el miedo,
el miedo con sombrero negro
escondiendo ratas en mi sangre,
o el miedo con labios muertos
bebiendo mis deseos.
Sí. En el eco de mis muertes
aún hay miedo. (Pizarnik, 1958).
El miedo lleva sombrero negro, tiene los labios muertos y hace eco a cada una de sus muertes. El miedo se viste de negro para permanecer aún entre la memoria de sus óbitos escondiendo ratas en su sangre. Como vemos también hay cabida para lo macabro, para el cuerpo, para la sangre, una imagen más explícita de una muerte escandalosa. “La sangre pasa a ser el propio yo, el que sufre la destrucción y el silencio constantemente […] Así como la sangre representa la vida, los huesos irán asociados, prácticamente en todos sus poemas, a la muerte” (Calle, 2011). “El sueño de la muerte o el lugar de los cuerpos poéticos”:
La muerte de cabellos del color del cuervo, vestida de rojo, blandiendo en sus manos funestas un laúd y huesos de pájaro para golpear en mi tumba, se alejó cantando y contemplada de atrás parecía una vieja mendiga y los niños le arrojaban piedras. (Pizarnik, 1968).
“Aproximaciones IV”:
En mis huesos la noche tatuada.
La noche y la nada. (1956-1958).
Por último, aunque podríamos seguir nombrando más símbolos, cabe destacar el sol, como aquel elemento que comienza emanando luz para convertirse en lobreguez. Resulta paradójico pensar que este astro luminoso esconde tras de sí la más tenebrosa de las realidades, pero al final del recorrido hasta los soles serán negros. Cuando pensamos en el sol lo primero que se nos viene a la cabeza es su fulgor, sus destellos, pero dejamos de lado la otra cara de la moneda, su sombra. Pizarnik se centra en lo que no vemos, detrás de una luz permanece siempre una oscuridad inevitable. Así en su poema “De mi diario”, un sol amarillo contrasta con su propia sombra:
Un sol amarillo dejaba caer indiferente
pedazos luminosos de algo coloreado
más las sombras persistían
aún en los retazos del astro. (Pizarnik, 1955).
El sol es negro en “Ojos primitivos”:
El color infernal de algunas pasiones, una antigua ternura. Los faltos de algo, de todo, al sol negro de sus deseos elementales, excesivos, no cumplidos.
Alguien canta una canción del color del nacimiento: por el estribillo pasa la loca con su corona plateada. Le arrojan piedras. Yo no miro nunca el interior de los cantos. Siempre, en el fondo, hay una reina muerta. (Pizarnik, 1971).
La sombra
Otro de los símbolos que Alejandra utiliza en su poesía, sobre todo en una de sus últimas obras “Textos de sombra”, es como bien dice el propio título “la sombra”. Pero este no es un símbolo que haga referencia a un elemento distanciado, inerte o inexistente, sino a ella misma, a la propia Pizarnik. La búsqueda del verdadero yo que la autora buscaba durante toda su poesía, al fin, llega a sus manos, pero cuando llega, llega sin vida.
Aquí estamos ante a la duplicidad, que tantas veces ha sido utilizada por muchos artistas. La sombra llega a la poesía de Pizarnik como un nombre propio, un personaje de su historia al que ella mueve y da vida, y a la vez se la quita. “Empecemos por decir que Sombra había muerto” (Pizarnik, 1970), Sombra es la propia autora de esta serie de textos, pero los escribe una vez muerta, desde la mirada de Alejandra. “¿Sabía Sombra que Sombra había muerto?” (Pizarnik, 1970), ¿sabía Pizarnik que su otro yo ya no sería capaz de cobrar vida? Claro que lo sabía, su esperanza había acabado, e inevitablemente la muerte aparecía en cada rincón al que llegaba con su lenguaje. “El lenguaje expresa muerte, y se convierte, por tanto, en muerte”. (Flores Depardieu, 2017). Aquí expongo el texto completo para una mejor comprensión, “Escrito cuando sombra”:
Empecemos por decir que Sombra había muerto. ¿Sabía Sombra que Sombra había muerto? Indudablemente. Sombra y ella fueron consocias durante años. Sombra fue su única albacea, su única amiga y la única que vistió luto por Sombra. Sombra no estaba tan terriblemente afligida por el triste suceso y el día del entierro lo solemnizó con un banquete. Sombra no borró el nombre de Sombra. La casa de comercio se conocía bajo la razón social “Sombra y Sombra”. Algunas veces los clientes nuevos llamaban Sombra a Sombra; pero Sombra atendía por ambos nombres, como si ella, Sombra, fuese en efecto Sombra, quien había muerto. (Pizarnik, 1972).
El lenguaje es el lugar de vida y de muerte de Alejandra Pizarnik. Por un lado, su poesía salva a la propia autora de ella misma. Las palabras son su obsesión; a través de ellas quiere garantizar el encuentro con su verdadero yo. Pero esta esperanza de salvación a penas la muestra en su obra, sino todo lo contrario, se escapa entre sus dedos, se desprende de su mirada. Sombra acaba muriendo. El lenguaje escapa de la poetisa, no es capaz de controlarlo, porque con él no es capaz de cumplir su objetivo. Así se muestra en “Textos de sombra”:
Pero cada vez que visitaba un jardín comprobaba que no era el que buscaba, el que quería. Era como hablar o escribir. Después de hablar o de escribir siempre tenía que explicar. (Pizarnik, 1972).

La condesa sangrienta
Una serie de poemas en prosa realizados por Alejandra Pizarnik construyen la historia de Erzébet Báthory, una aristócrata húngara que vivió durante el siglo XVII y que dejó tras de sí una mancha de sangre al haber asesinado a 650 mujeres. El sadismo, el horror y la infamia, contrastan con la belleza y la fascinación con la que la autora expone este relato. El resultado de este contraste nos conduce hasta la más absoluta locura, en la que el disfrute de la muerte se vuelve visible. La condesa fue capaz de matar a multitud de jóvenes solamente con el objetivo de utilizar su sangre para no perder su belleza, pero estas muertes no eran fruto de un proceso indoloro, sino que se las torturaba, mientras que Erzébet escuchaba los gritos y los llantos de aquellas jóvenes indefensas. Los baños de sangre que le permitirían no envejecer eran su única preocupación.
El relato de la condesa llegó a manos de Pizarnik a través de la anterior novela escrita por Valentine Penrose, fue tal la admiración de la poeta por el personaje protagonista que decidió reescribirla, con un estilo propio. La condesa es un personaje que acoge todas las características que le eran otorgadas al hombre de la época, es “una representación femenina que subvierte los roles sexuales impuestos a los protagonistas por las convenciones del género gótico, […] en un proceso de reivindicación del poder y del erotismo que se otorga a los personajes masculinos en dichos textos.” (Acosta, 2008). Además, se excluye el mundo de la condesa, como enteramente femenino, en la que ella “vivía delante de su gran espejo sombrío, el famoso espejo cuyo modelo había diseñado ella misma […] Podemos conjeturar que habiendo creído construir un espejo, Erzébet trazó los planos de su morada”. (Pizarnik, 1971). Podríamos decir que Alejandra muestra su reivindicación feminista a través de esta obra, en la que la sociedad impide que las mujeres alcancen a acceder a la vida real, en cuanto a temas políticos se refiere, condenándolas a lograr ser poderosas exclusivamente convirtiéndose en monstruos. Pero no solo encontramos un discurso feminista en su obra, sino también la androginia y la homosexualidad, que a lo largo de toda su obra (no solo en La Condesa Sangrienta) Pizarnik deja entrever entre sus palabras.
Aquí un fragmento de La condesa sangrienta, en el que la homosexualidad de Erzébet se insinúa:
También hay testimonios que dicen de una lujuria menos solitaria. Una sirvienta aseguró en el proceso que una aristócrata y misteriosa dama vestida de mancebo visitaba a la condesa. En una ocasión las descubrió juntas, torturando a una muchacha. Pero se ignora si compartían otros placeres que los sádicos. (Pizarnik, 1965)
Como hemos comentado en los apartados anteriores, Pizarnik se compara a ella misma con la muerte, su propia sombra; este acto también lo lleva a cabo con algunos de sus personajes como es el caso de la condesa sangrienta:
Pero ¿quién es la Muerte? Es la dama que asola y agosta cómo y dónde quiere. Sí, y además es una definición posible de la condesa de Báthory. Nunca nadie no quiso de tal modo no envejecer, esto es: morir. Por eso, tal vez, representaba y encarnaba de tal modo a la Muerte. Porque, ¿cómo ha de morir la Muerte? (Pizarnik, 1965).
La condesa no se comunica a través del lenguaje, sino que lo hace a través de la muerte que trae consigo un silencio, que tal vez solo se rompa con los gritos agónicos de sus víctimas o con los alaridos eufóricos de la propia Erzébet, cuando la muerte se equipara al sexo. Otra vez nos encontramos ante la tesitura del fracaso del lenguaje como método para crear algo puro y absoluto, pero la muerte siempre aparece para dar sentido a la obra, o a la vida.

Conclusión
Alejandra Pizarnik buscó en el lenguaje un refugio ante aquello que le atemorizaba, necesitaba la ayuda de las palabras para encontrarse a sí misma. Las letras eran su lugar de vida, pero esta vida se convertía en muerte tan rápidamente como la poetisa no lograba alcanzar la pureza a través lenguaje. La muerte le perseguía una y otra vez en todas sus obras, aparecía en cualquier verso, como la protagonista de su subconsciente. Aún así, aunque el fracaso de la búsqueda de su verdadero yo fracasara en el sentido de la imposibilidad de escapar de su muerte poética; Pizarnik también encontró la libertad en sus versos, rompiendo con aquellos cánones que la sociedad le imponía y reivindicando aquello con lo que no estaba conforme. Pizarnik se conoce a ella misma a través de lo que escribe, construye una nueva realidad que quiere que coincida con la verdadera realidad. Su vida se convierte por tanto en una tensión latente entre el mundo real y su mundo literario.
La muerte aparece representada en todas las formas artísticas, además de en la poesía. Si quieres adentrarte en la muerte a través de la poesía te invitamos a que leas nuestro artículo: El arte en la Muerte.
REFERENCIAS
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Calle, M. I. (2011). Alejandra Pizarnik: vida, obra y principales símbolos poéticos. Triangle, 3. https://revistes.urv.cat/index.php/triangle/article/view/2379
Castillo, A. (2015). Alejandra Pizarnik y la obsesión por las palabras. El eterno femenino. https://elblogdeleternofemenino.com.mx/2015/05/24/alejandra-pizarnik-y-la-obsesion-por-las-palabras/#more-541
Flores Depardieu, I. (2017). Identidad, género y lenguaje en la construcción poética de Alejandra Pizarnik [Trabajo fin de grado, Universidad del País Vasco]. ehuBiblioteka. https://addi.ehu.es/bitstream/handle/10810/21321/TFG_FloresDepardieu%2cI.pdf?sequence=2&isAllowed=y
Fuentes Gómez, J. (2006). El surrealismo en Alejandra Pizarnik. Revista electrónica de estudios filológicos, 12. https://www.um.es/tonosdigital/znum12/secciones/Estudios%20K-Alejandra%20Pizarnik.htm
Instituto Cervantes. (1997-2021). Alejandra Pizarnik. Centro virtual Cervantes. https://cvc.cervantes.es/literatura/escritores/pizarnik/default.htm
Jiménez Cardona, D. (2013). Los símbolos del régimen nocturno en la obra poética de Alejandra Pizarnik. [Monografía, Universidad Tecnológica de Pereira]. Utp.edu.com. http://repositorio.utp.edu.co/dspace/bitstream/handle/11059/4255/A8088015J61.pdf?sequence=1
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Pizarnik, A. (1965). La condesa sangrienta. Revista diálogos.
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